domingo, 31 de diciembre de 2017

En busca del tesoro de los templarios 6: Tomar: El último refugio



 El castillo de Tomar se encuentra (evidentemente) en la ciudad de Tomar (Portugal), en la margen derecha del río Nabão, Construido en el siglo XII por los templarios portugueses como parte de la llamada “línea del Tajo” para proteger la frontera contra los musulmanes, al igual que los otros castillos de la misma línea defensiva: Almourol, Idanha, Monsanto, Pombal y Zêzere. Pero el castillo de Tomar era doblemente defensivo, pues no sólo protegía la frontera, sino el llamado “convento de Cristo” que aún hoy se encuentra tras sus muros. Cuando en 1312 Clemente V ordenó la disolución de la Orden del Temple, el rey Dionís I de Portugal se debatió entre su obligación, como rey cristiano, de obedecer al Santo Padre (que por menos era capaz de montarle una Cruzada contra él) y su admiración por los monjes que tanto habían ayudado a su reino en la lucha contra los musulmanes.... y puede que algo más. El historiador y filósofo Paulo Alexandre Loução apunta en su libro “Los templarios en la formación de Portugal” (año 2000, editorial Esquilo) que resalta la historia paralela entre la llegada de los templarios a la zona y la independencia de Portugal de León y Castilla. El Temple fue, durante los primeros treinta años del nacimiento del nuevo reino, la única Orden que apoyó al primer rey portugués, Alfonso I el fundador.

Aunque ha pasado a la historia con el apodo de “el Labrador” su sucesor Dionís no era ni rústico, ni inculto. De hecho, bajo su reinado su capital, Lisboa, fue uno de los mayores centros europeos de la cultura y el conocimiento. Fundó la Universidad de Coímbra donde se enseñaban artes, derecho civil, derecho canónico y medicina; mandó traducir importantes obras y mantuvo en su corte uno de los mayores centros literarios de la Península ibérica. Pequeños detalles que los historiadores españoles, con cierto chauvinismo, tienden ha ignorar...

La cuestión está en que Dionís supo encontrar una solución para contentar al Santo Padre y a la vez a su sentido de la Justicia: Disolvió la orden del Temple como le ordenaban, (aunque no persiguió a sus freires) pero no repartió sus posesiones entre otras órdenes religiosas. Las dejó en custodia de la Corona portuguesa (y, oh casualidad, de hecho siendo responsables de los mismos los propios ex-templarios) y pasados siete años, en 1319, creó con esos mismos freires una orden nueva: la Orden de Cristo. Que, a veces, hay que cambiar algo, aunque sea el nombre, para que en el fondo todo siga igual. Muchos apuntan a que Portugal fue el último refugio al que llegaron los templarios de toda Europa que lograron escapar a la persecución papal.
Siempre bajo la protección directa de la Corona portuguesa, el Gran Maestre de la orden pasó a ser el propio rey a partir de 1551. En 1780 fue secularizada, y a  partir del siglo XIX su actividad se redujo al mantenimiento de sus bienes y se convirtió en una orden honorífica, la mayor distinción del Reino de Portugal. Con la abolición de la monarquía hoy es la Orden Militar de Cristo, destinada a los funcionarios portugueses que hayan destacado en el desempeño de sus funciones.

La visita al castillo es muy interesante. Está preparado para ser una fortaleza inexpugnable, con una doble muralla de planta poligonal irregular. Los muros están levemente inclinados para dificultar el asalto con torres de asedio, y reforzadas con torres cuadradas para no dejar ángulos muertos. En sus tiempos dentro de ambas murallas llegó a establecerse una población bastante grande, casi una pequeña ciudad, que fue desalojada hacia el siglo XVI.
Ahora, lo que nos encontramos dentro es “solo” el convento de Cristo. Construido casi al mismo tiempo que el castillo por el Maestre portugués del Temple Gualdim Pais (piensen que la sobras del castillo se iniciaron en 1160 y las del convento en 1162) de planta octogonal, esa forma geométrica que tanto gustaba a los del Temple. Señales de los templarios hay en todas partes, si se las sabe buscar: En el centro del gran patio se levanta una fuente, (otra vez) de planta octogonal y con forma de cruz templaria. El Cristo que se adora en uno de los frescos de la iglesia no está crucificado, sino vencedor y glorioso, tal y como lo representaban los templarios. Un Cristo solar, custodio de la Energía Secreta del Universo, es decir, del Verbo Divino o Demiurgo. Un “Cristo Luciferino”, es decir, “portador de la luz” (nombre con el que figuraba en los textos templarios y que tanto pie dio a que los condenasen por satanistas y herejes). El Cristo gnóstico parido del contacto entre el cristianismo occidental y las filosofías orientales.
Otros elementos claramente templarios que podemos descubrir son la cruz templaria, repetida hasta la saciedad, y un adorno muy peculiar: Una rosa con una cara barbuda en su interior. Algunos ven en ella al misterioso Baphomet, la figura pagana que según los enemigos de la orden los templarios adoraban.
Con todo, no se me obsesionen buscando rastros ocultos. O si lo hacen, háganlo con un buen libro delante que les indique la fecha de las diferentes ampliaciones y restauraciones: El edificio que hoy podemos contemplar fue muy reformado por uno de sus más importantes Grandes Maestres,  nada menos que Enrique el Navegante, hijo, hermano y tío de reyes, que ostentó el cargo desde 1420 hasta su muerte y fue, de hecho, el auténtico impulsor de la exploración y conquista del imperio portugués. Dicen que esta obsesión exploratoria venía del deseo templario de volver a oriente, a sus orígenes, aunque fuera costeando África, Aunque claro, no fue el único que hizo ampliaciones y restauraciones: en el convento hay elementos góticos, renacentistas, manieristas e incluso algunos barrocos. 



No nos olvidemos que estamos buscando un tesoro. ¿Dónde buscar? Evidentemente, bajo tierra. La tradición dice que unos pasadizos subterráneos comunican el convento de Cristo con  la iglesia de Nuestra Señora del Olivar, no lejos de Tomar, mandada construir igualmente por  Gualdim Pais, el constructor, no lo olvidemos, del castillo y el convento. Entre los adoquines del suelo de la iglesia es fácil encontrar dos hileras de una piedra más grande que las demás y mucho más blanca. Se dice que es la entrada del famoso pasadizo. Y que no sólo lleva al castillo-convento, sino también a un tercer lugar, secreto. ¿La cámara del tesoro?




viernes, 1 de diciembre de 2017

En busca del tesoro de los templarios 5: Los secretos de Toledo





Siguiendo con el rastro de  Gérard de Villiers, custodio del tesoro de los templarios, el siguiente lugar de nuestra búsqueda es la ciudad de Toledo. Las huellas de la orden están en toda la ciudad medieval, si uno sabe donde buscar. Siguiendo las indicaciones del profesor Luis Rodríguez Bausá (autor entre otros de los libros “Templarios de Toledo” y “Toledo Insólito”) podemos trazar una ruta en el mapa con los rastros de la misteriosa orden que han llegado a nuestros días:

Para empezar, las extrañas marcas al lado de la Puerta Llana de la catedral (según la versión oficial, de canteros, aunque son muy elaboradas para ser simples “firmas” de los que habían tallado la piedra). Rodríguez Bausá) supone que son signos templarios. Una firma o graffiti, si lo prefieren. Esto enlaza con la afirmación de otros estudiosos como Juan García Atienza y Rafael Alarcón Herrera que aseguran que fueron los templarios quienes financiaron la construcción de la catedral, iniciada tras la victoria cristiana en las Navas de Tolosa.

Siguiendo con la catedral en el exterior del ábside se encuentra la hornacina con la Virgen del Tiro, una virgen negra que según la tradición antes se veneraba en la iglesia de San Miguel el alto, la iglesia templaria de la ciudad. Enseguida llegamos a ella.

Llegamos al barrio de San Miguel. En la Plaza del Seco se encuentra la Casa del Temple, un albergue para peregrinos y miembros de la orden de paso, hoy convertido en restaurante. Conviene entretenerse paseando por las callejuelas del barrio, ya que fue, siempre según la tradición, el barrio templario por excelencia de Toledo.

Así llegamos a la iglesia (antes mezquita, aún conserva su torre mudéjar) de San Miguel el Alto (de ahí salió la Virgen del Tiro ¿recuerdan?). No hay que buscar mucho para encontrar el escudo del Temple en uno de los capiteles góticos y, (si les dejan subir) lo encontrarán también grabado en una de las campanas. Además, esta iglesia era el lugar de enterramiento tradicional de los templarios toledanos. En el claustro aún se puede ver el  gran "Cuadrado Mágico" del patio, compuesto por losas negras, en todo semejante al existente en San Pedro de Arlanza (Burgos), que una leyenda dice fue colocado allí por un sabio del monasterio templario de Alveinte, donde hubo otro igual, para robar su ciencia al Diablo. Busquen, a ver si la encuentran, la lauda funeraria del claustro, de 1194, perteneciente al judío Zabalab quien, tras bautizarse, llegó a ser presbítero de la iglesia templaría.
Con todo, lo que más choca es la pila bautismal del siglo XIII, de los caballeros templarios: Tiene forma de copa, es de piedra negra pulida y su borde muestra una inscripción cabalística con la cruz del Temple. Muchos dicen que es una representación, a escala, del auténtico Grial.

Pero si vamos en busca de tesoros ocultos... habrá que bajar al subsuelo. En todo el barrio de San Miguel se han encontrado cuevas y túneles ocultos. Algunos, si se pide permiso, pueden ser visitados: las “cuevas de San Miguel” y “la cueva de los Candiles”, entre otros. Pero es que según la leyenda buena parte del barrio estaba horadado, permitiendo a los miembros de la orden acudir a sus oficios secretos en la iglesia de San Miguel sin tener que pisar la calle. Uno de estos túneles conducía hasta el castillo de San Servando (hoy albergue juvenil), fortificación templaria que protegía el puente de Alcántara. Es decir, el acceso a la ciudad. Tras la detención de los miembros de la orden, muchos de esos túneles y cámaras fueron cegados por los propios templarios.


Si están pensando que es un buen lugar para empezar a excavar... buena idea, pero otros ya la han tenido antes: El más famoso, el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, que en 1375, nada más acceder al cargo, mandó registrar los subterráneos existentes bajo la iglesia y la Casa del Temple, e incluso vaciar algunos túneles que encontró cegados. No encontró la mítica Mesa de Salomón, ni el Arca de la Alianza, ni el Santo Grial... pero sí encontró un tesoro: Una cámara secreta con una gran cruz de oro y piedras preciosas y a su alrededor, como defendiéndola, un grupo de cadáveres de caballeros templarios, milagrosamente momificados... O eso dice la tradición. Loa aguafiestas señalan que la cruz era románica, de piedra y de doble brazo, y que los cadáveres de los templarios no es que estuvieran defendiéndola... sino que habían sido enterrados allí. ¿Y la momificación? Un proceso natural debido a la sequedad de la roca.

Si desean saber más sobre el tema de Toledo y los templarios, y de una fuente más docta sobre el tema que la mía, les recomiendo que se pasen por el  Monasterio Imperial de San Clemente. Allí hay una exposición permanente sobre los templarios en la ciudad, y se pueden comprar billetes para una excursión nocturna por los rincones templarios de Toledo que no les dejará indiferentes.

martes, 31 de octubre de 2017

En busca del tesoro de los templarios 4: La isla templaria del Báltico


La pequeña isla de Bornholm (apenas treinta y dos kilómetros de largo por dieciséis de ancho) se encuentra al este de Dinamarca, entre la costa sur de Suecia y al norte de Polonia. Existe la teoría bastante más que sólida que su nombre procede del pueblo escandinavo de los burgundios, que dominarían la isla entre los siglos III y V. De hecho, el nombre de la isla en nórdico antiguo era Bungundarholm. En el primer texto escrito en el que aparece (en el siglo IX) lo hace como “Burgenda Land”. Tierra de burgundios, vamos. No se me extrañen tanto. ¿De dónde creen que viene la palabra “Borgoña” “Bourgogne (en francés)” “Burgundy (en ingles)”? Es que los burgundios, como muchos invasores bárbaros, eran muy viajeros hasta que encontraban un lugar a su gusto en el que acomodarse... masacrando a los habitantes originales si se ponían tontos, claro. Actualmente la isla es danesa, aunque en el pasado fue controlada por Suecia y la liga Hanseática. En la segunda guerra mundial fue ocupada por los alemanes y “liberada” (tras duros bombardeos) por los soviéticos, que la ocuparon hasta irse (bastante a regañadientes) en 1946. Es un destino turístico popular en los países bálticos. Su clima es agradable, tiene bonitos paisajes y se pueden visitar las ruinas del castillo Hammershus en el extremo noroeste, un montón de menhires de tiempos druídricos (varios centenares, de hecho) así como las cuatro curiosas iglesias ¡redondas! que hay en la isla.

Bornholm se puso en el punto de mira de los cazadores del tesoro templario cuando, en el año 2006, Erling Haagensen y Henry Lincoln publicaron su libro “La isla secreta de los templarios”, en la que afirmaban que esta isla fue el destino del barco de Gérard de Villiers, (el que zarpó del puerto de la Rochelle con quince enormes cofres llenos de riquezas ¿recuerdan?)

La relación entre daneses y templarios venía de antiguo. Ya en 1162 el arzobispo danés Eskil viajó a Francia para entrevistarse con el entonces Gran Maestre de los Templarios, Bertrand de Blanchefort. La razón oficial fue proponerle una cruzada contra los paganos de la costa oeste del mar Báltico, en los territorios que hoy son de Estonia y Letonia. Todo hay que decirlo, los templarios rechazaron la propuesta (andaban muy liados con Tierra Santa para dividir fuerzas). La Cruzada se llevaría a cabo finalmente en 1198, y los que llevaron el peso de la lucha contra los paganos bálticos en los años siguientes fueron los caballeros Teutónicos.

Aunque la misión fue un fracaso, parece que se estableció una corriente de entendimiento entre el clero danés y los templarios. Según parece por influencia de la orden (y posiblemente financiadas por estos) se construyeron esas curiosas cuatro iglesias redondas en la isla de Bornholm, un lugar aislado, de escasa importancia táctica, y de ser preciso fácil de defender. El diseño de estas cuatro iglesias es muy curioso: la disposición del coro y del ábside están directamente relacionados con una rotonda circular formando círculos concéntricos que interactúan entre sí. La bóveda de la rotonda está apoyada en una columna central única. Este diseño coincide con la capilla de la fortaleza llamada “Chatéau Pelerin”, en Ashlit, Palestina, construida por... ¿lo adivinan? Los templarios.

En 1955 se realizaron unas discretas excavaciones bajo la iglesia de Oesterlar, la más grande de las cuatro iglesias redondas. Se encontraron vestigios que parecían responder a la existencia de una cripta secreta, hasta ahora no encontrada. Los arqueólogos también creen que por lo menos en otra de las iglesias redondas, la de Olsker, también tiene un subterráneo que hace años fue cegado.

De hecho, en la isla sí se encontró un tesoro. Fue en 1985, en un prado de la isla. Consiste en más de 3.000 figuritas de oro, de apenas 3 cm de longitud, acuñadas en troqueles con gran lujo de detalles. Los arqueólogos las fechan entre los siglos V y VII,

Así que ya saben... si les apetece hacer turismo por el báltico... no dejen de visitar la isla de Bornholm. Aunque les recomiendo que disfruten del paisaje y de las playas y no se rompan demasiado los cuernos haciendo cálculos matemáticos entre las cuatro iglesias redondas, trazando figuras geométricas en el plano y buscando criptas subterráneas.

Que una cosa es la afición, y otra la obsesión.

lunes, 2 de octubre de 2017

En busca del tesoro de los templarios 3: Los secretos de la capilla Rosslyn






Llegar a Rosslyn no es nada difícil. Se encuentra a unos 15 km. de la capital de Escocia, Edimburgo. Hay incluso líneas regulares de autobuses que llevan hasta allí, si uno es un turista de los de mochila y sandalia y no quiere alquilar un coche. Y es una excursión bastante popular, desde que el bocazas de Dan Brown citara la capilla en su novela “El código Da Vinci”.

 La capilla de Rosslyn empezó a construirse en 1446, por orden de William SinClair, primer conde de Caithness y tercer príncipe de las islas Orcadas. La idea original era construir una colegiata consagrada a San para que su familia tuviera un lugar de oración digno cerca de su castilo, pero como suele pasar con las obras (sean del tipo que sean) la cosa se le fue un poco de las manos, y tras 38 años de trabajos, sólo se había construido una capilla... y en capilla se quedó.

Maliciosos dicen que, de haber vivido más el señor William hubiera acabado siendo no ya colegiata sino catedral, pero como el hombre se murió... pues se acabó el dinero y se acabaron las obras. Algunos dicen que el sueño del tal William era en verdad ambicioso, pues lo que intentaba era ¡reproducir el Templo de Jerusalén! Y si usted, lector, tiene unos conocimientos mínimos de Historia y maneja fechas con cierta fluidez, ya estará con la madre de todas las moscas detrás de la oreja: ¿1446? ¡Pero si los templarios fueron disueltos en toda Europa en 1308! Bueno, sí... y no. Una de las tradiciones que rodean el desaparecido tesoro de los templarios apunta que el barco de Gérard de Villiers, (el que zarpó del puerto de la Rochelle con quince enormes cofres llenos de riquezas, ¿recuerdan?) buscó refugio precisamente en Escocia. ¡El tesoro perdido de los templarios! Los templarios huidos se organizaron bajo el liderazgo de Pierre d´Aumont, que los lideró en la batalla de Bannockburn (1314) apoyando al rey escocés, Robert Bruce, contra las tropas inglesas de Eduardo II. Agradecido, Robert Bruce (o Robert I de Escocia, como prefieran) les otorgó su protección, aunque tuvieron que cambiar de nombre, claro (lo de “Orden del Temple” no tenía muy buena fama esos días). Eligieron llamarse “la Orden de San Andrés del Cardo”, y se mantuvieron en un discreto segundo plano de los avatares de la Historia (por lo menos hasta 1687, fecha en la que Jacobo VII modificó los estatutos de la orden... pero eso es otra historia).

Sea como fuere el mítico tesoro de los templarios habría sido entregado para su custodia al clan de los SinClair... ¿Y por qué a ellos? Porque descendían de la familia normanda de los Saint-Clair... familia emparentada con el fundador de la orden templaria, Hugo de Payens. La capilla de Rosslyn sería un relicario exquisito que albergaría el mayor tesoro de todos los tiempos. Tesoro no tanto monetario sino místico: el Santo Grial, el Arca de la Alianza, los Rollos perdidos del Templo de Jerusalén, la Cabeza Embalsamada de Juan el Bautista, la Virgen Negra tallada por San Lucas... Siempre según la tradición, a esa cámara se accede desde una pequeña cripta cuyas escaleras están junto al llamado “pilar del aprendiz” (una maravilla inconfundible, con su propia leyenda de celos y asesinato incluída). En la entrada de la cripta, una inscripción en latín un tanto satírica: “FORTE EST VINUM. FORTIOR EST REX. FORTIORES SUNT MULIERES: SUPER OMNIA AUTEM VINCIT VERITAS”. “(El vino es fuerte. El rey es más fuerte. Las mujeres son más fuertes aún: pero por encima de todo triunfa la Verdad)”. ¿Y la entrada a la supuesta cámara de los tesoros, que se encuentra en la cripta? Nadie la ha encontrado aún, aunque es opinión unánime que las claves se encuentran en la recargada decoración de la capilla.

Así que, si son verdaderos buscadores de secretos templarios, les invito a que estudien las escenas de la crucifixión o la expulsión del Jardín del Edén, cuenten los duendes del bosque (green man, hombres verdes. Hay más de cien ocultos en la decoración). También se pueden encontrar un camello, una danza de esqueletos, un ángel tocando la gaita, un rostro que dicen representa a Robert the Bruce e incluso lo que unos dicen que son ¡mazorcas de maíz! Dicen que esto último es debido a Henry de SinClair, abuelo de William, que según algunos exploró la tierra al este de Groenlandia, llegando a América del Norte siguiendo los pasos de los vikingos. Los académicos tradicionales, que son unos aguafiestas, dicen que son representaciones estilizadas de tallos de trigo. O de fresas. O de lirios. Lo quesea, menos de maíz, que no se cultivó en Escocia hasta cientos de años más tarde. En fin, para terminar, tengan cuidado con su particular investigación del edificio y los alrededores... Algunos dicen que, en realidad, es un portal a... “otro lado” y que de cuando en cuando, inexplicablemente, desaparece gente. Así que ustedes verán...

martes, 29 de agosto de 2017

En busca del tesoro de los templarios 2: Las riquezas del párroco de Rennes le Chateau





Aún sin salir de Francia, hay otro lugar que se presenta para muchos como candidato para albergar las riquezas perdidas de los templarios.

Rennes le Chateau es un pueblo del departamento francés de Aude, en el Languedoc. Está muy cerca de la frontera española, (algo más de 100 km.) lo cual le dio en el pasado más de un quebradero de cabeza: Alfonso II de Aragón reivindicó el territorio en el siglo XII, y Enrique de Trastámara lo arrasó en 1362. Entre uno y otro, sufrieron también las consecuencias de la cruzada contra los cátaros promovida por Inocencio III y orquestada por Simón de Montfort. Si se acercan un fin de semana en plan turista no se sentirán defraudados: Muy conscientes de que están de moda (al menos, lo estaban mientras duró la fiebre del “Código da Vinci” de Dan Brown)  el visitante curioso encontrará muchas librerías esotéricas, podrá visitar la iglesia parroquial llena de supuestas claves ocultas y curiosear en la casa museo del protagonista de nuestra historia: el párroco Francois-Bérenger Saunière.

Sauniere se hizo cargo de la parroquia de Rennes le Chateau en 1885, con 33 años de edad. Era un joven sacerdote muy culto y no menos leído, que había sido “desterrado” a tan miserable destino por envidias o desavenencias con sus superiores. Nunca se supo muy bien (ya se sabe que la Iglesia es muy celosa con sus cosas). Hasta algunos dicen que provocó su traslado para poder investigar a gusto en la zona... Sea como fuere, se encontró con un pueblo miserable perdido en las montañas y una iglesia prácticamente en ruinas, que enseguida se puso a restaurar (más que nada, para que el techo no se derrumbase sobre sus feligreses mientras les daba misa). Y aquí terminan los hechos demostrables y empieza la especulación: Se dice que Sauniere encontró unos documentos antiguos escondidos dentro de un pilas carolingio. ¿Qué decían esos documentos? Hay muchas versiones, principalmente dos:

La primera, que daba fe de un secreto hasta entonces muy bien escondido por la Iglesia de Roma, que para que no se hiciera público pagó en secreto y regularmente cuantiosas cantidades a nuestro párroco. Muchos apuntan, nada menos, a que esos documentos daban fe del matrimonio y descendencia de Jesús con María Magdalena (al fin y al cabo, a ella está consagrada la iglesia)

La segunda, menos conspiranoica aunque no menos fantasiosa, que Sauniere encontró el mapa de un tesoro: El de los cátaros, dicen unos. El de los templarios, afirman vehementemente otros. Los que afirman eso apuntan incluso donde estaba el tesoro: en una tumba de piedra solitaria en mitad de los campos, no muy lejos del pueblo. Una tumba que el pintor  Nicolas Poussin pintó en 1647 en su cuadro “Les bergers d´Arcadie”. Sauniere realizó una visita relámpago a París sólo para estudiarla a profundidad en el Louvre, donde se encuentra aún hoy expuesta, y encargó una copia “lo más rigurosa y fiel posible” (que estamos en 1885 y no hay fotocopiadoras, y las fotografías no son muy nítidas ni detallistas que digamos...)

Cojan la teoría (y su variable) que más les guste: Sea como fuere el buen párroco nadó en la abundancia a partir de entonces: De repente tenía dinero para todo: Para restaurar (de hecho, reconstruir y redecorar a su gusto) la iglesia parroquial (con un gusto bastante quish, pero bueno...), mandar construirse una villa donde vivir a todo lujo (Ville Bethanie) e incluso excentricidades como hacer construir un edificio pseudomedieval (la Torre Magdala) que albergaba su biblioteca personal.
A su finca empezaron a llegar visitas: carruajes lujosos, los primeros y excéntricos coches... gente de dinero, que era agasajada por el párroco. Se habló de fiestas privadas. Y no precisamente santas.

Cuando los rumores (de hecho, las protestas) eran ya imposibles de acallar el párroco fue investigado por el tribunal eclesiástico de Carcassonne y relevado de su cargo como párroco del pueblo. Pero él siguió dando misas en su capilla privada, a la que acudían la mayoría de sus feligreses.

Murió en 1917. Dicen que el sacerdote que escuchó su última confesión salió de la habitación blanco como el papel, negándose a darle la absolución. Su criada de toda la vida (y muy posiblemente su amante) Marie Dernanaud heredó todas sus posesiones. Esta buena mujer, en su vejez, prometió a la familia que la cuidaba que antes de morir les confesaría un secreto que les haría inmensamente ricos. Pero sufrió una apoplejía, y murió en 1953 sin poder articular palabra... ni revelar sus secretos.

La explicación oficial que se da a la fortuna del párroco es que consiguió bonitas sumas mediante el engaño y la corrupción: vendiendo misas y sobre todo solicitando donativos que en lugar de a su parroquia terminaron en su bolsillo. Los que rechazan esta explicación afirman que el sacerdote, en la remodelación de la iglesia, dejó pistas que conducen a su tesoro: desde la inscripción en el pórtico de la puerta principal “Terribilis Est Locus Iste” (Terrible lugar es éste) hasta el demonio que soporta la pila bautismal (hay quien dice que no es otro que Asmodeo, el que según la tradición construyó el templo de Salomón) pasando por los “errores” que los expertos en teología encuentran en los pasos del vía crucis que hay representados en el interior del templo.

Sea como fuere, si van a Rennes le Chateau con el pico y la pala... escóndanlos bien y que no se les vea cavar: una normativa municipal prohíbe excavar en los terrenos del municipio desde 1965. Y no se lo toman precisamente a broma.

Así que ustedes verán...




domingo, 30 de julio de 2017

En busca del tesoro de los templarios. 1: La capilla secreta del castillo de Gisors



 Al amanecer del día 13 de octubre de 1307 las tropas de Felipe IV el hermoso irrumpieron simultáneamente en las principales encomiendas templarias, acusando a la orden de herejía. Hoy en día está muy claro que lo que pretendía el rey francés (en complicidad con el papa Clemente V) era hacerse con el inmenso tesoro que la orden había acumulado en sus apenas doscientos años de existencia. Sin embargo, a la hora de la verdad, riquezas muebles se encontraron más bien pocas. Hay quien dice que la auténtica riqueza de la orden eran sus numerosas posesiones, repartidas por toda la cristiandad, y bien que pudiera ser cierto...
Pero la leyenda dice que un templario, Gérard de Villiers, logró zarpar del puerto de la Rochelle con quince enormes cofres llenos de riquezas... ¡El tesoro perdido de los templarios!
Pero... ¿A dónde llevó Villiers esas riquezas?

Muchos buscadores de tesoros no se van muy lejos y afirman que la flota fue un señuelo, y el tesoro NUNCA SALIO DE FRANCIA.

A una hora de París, la localidad bien merece una visita. Situada en la región de la Alta Normandía, el turista podrá admirar la iglesia de Saint Gervais et Saint Protais. En una pedanía cercana, Boisgeloup de Gisors, residió Picasso durante seis años, y allí dicen que elaboró los primeros bocetos del célebre “Guernika” A tres kilómetros de la localidad, en la villa de Neaufles-Saint-Martin, el curioso encontrará la llamada “torre de la reina blanca”, alrededor de la cual gira una bonita leyenda de pasadizos secretos y templarios... Un pasadizo que lleva a donde finalmente irán tanto el turista como el buscador de tesoros: Al castillo de Gisors.

Incluso si uno no va con un pico y una pala en el maletero del coche, la visita vale la pena: Es una construcción normanda típica, una muralla resguardando un recinto dominado por un montículo central, sobre el que se alza la magnífica torre del homenaje. Esta torre (o más bien, sus subterráneos) se convirtieron en la obsesión de un hombre llamado Roger Lhomoy. Una obsesión que lo perseguiría toda su vida.

Lhomoy era granjero, oriundo de la región, y había vivido toda su vida oyendo historias acerca del fabuloso tesoro que los templarios habían escondido en unos subterráneos secretos del castillo. En 1944 tuvo la que consideró la oportunidad de su vida: Logró el puesto de vigilante del castillo, lo que le permitió explorar el recinto a sus anchas. Encontró un pozo sellado junto al torreón,  y convencido que era la “entrada secreta” se pasó los dos años siguientes excavando por las noches, con los instrumentos de jardinería a los que tenía acceso (ya saben, pico, pala, azada... poco más). Con ese material tan rudimentario logró abrir una galería de unos veinte metros de profundidad, hasta que tropezó con un muro. Apartó algunas piedras y se coló dentro de lo que describió como “una cripta de unos trescientos metros cuadrados y más de cuatro de altura. Parecía una antigua capilla, ya que había un altar y estatuas de Cristo y los apóstoles en las paredes. Igualmente contó hasta diecinueve sarcófagos de piedra de unos dos metros de largo, aliniados a lo largo de los muros. Y, lo más interesante, treinta enormes cofres de metal, que no pudro abrir por mucho que lo intentó.

Pocos días después decidió dar parte a las autoridades para rescatar el tesoro. Er marzo de 1946... y el circo empezó. Nadie se atrevía a adentrarse por la precaria madriguera que había excavado Lhomoy. Finalmente el valiente fue el jefe de bomberos local, Émile Beyne. Se coló por la rendija y regresó cubierto de tierra, afirmando que había tenido que retroceder, debido a la falta de aire, a pocos metros del final del túnel. No encontró la capilla descrita por Lhomoy, ni muro, ni nada parecido. Sólo una madriguera de tierra que amenazaba con derrumbarse.

Lhomoy acudió a los periódicos y logró el respaldo de la opinión pública. Solicitó continuar las excavaciones con más medios, ensanchando la galería para poder llegar con garantías al tesoro. El ayuntamiento de Gisors no sólo no le concedió permiso de excavación... sino que rellenó la galería que había excavado con hormigón, después de que un experto determinara que con sus excavaciones Lhomoy había desestabilizado la estructura de la torre, provocando la aparición de fisuras en la misma. Ni que decir tiene que el vigilante fue despedido, e incluso amenazado con ser encerrado en un manicomio si no desistía en su empeño de excavar en busca de su tesoro imaginario.

Eso no le desanimó. En 1952, seis años después, se presentó en el ayuntamiento de Gisors con dos socios inversores: dos hombres de negocios parisinos llamados Lelieu y Guiblet. Y, lo más importante, con una autorización del Ministerio de Cultura Francés para realizar excavaciones. Pero en Consejo Municipal de la localidad tenía que dar el visto bueno a dichas excavaciones, y las condiciones que impuso fueron demasiado onerosas: Exigió una cuantiosa fianza para sufragar posibles desperfectos en el monumento, así como la entrega de las 4/5 partes de los beneficios de la empresa, si los había. Los dos inversores decidieron que con tales condiciones no les salía a cuenta el negocio, y Lhomoy volvió a quedarse solo con sus sueños... que cada vez parecían más locos.

El ultimo acto de esta historia (al menos, por ahora) tiene lugar diez años más tarde, en 1962. El entonces Ministro de Cultura francés, André Malraux, presionó para que se reabrieran las galerías. Tras dos años de trabajos, con el asesoramiento de Roger Lhomoy (y cuando según éste faltaba apenas un metro y medio para llegar a la capilla) las obras fueron interrumpidas en febrero de 1964. Roger de Lhomoy murió diez años más tarde, a la edad de setenta años, y, al parecer, su fantasía murió con él...

¿Pero fue realmente la locura de un hombre obsesionado por el fabuloso tesoro de los templarios? ¿O hubo intereses privados que conspiraron para quedarse el tesoro? Lo cierto es que las leyendas locales que escuchó Lhomoy desde niño acerca del tesoro de los templarios escondido en el castillo de Gisors son bien conocidas. Y hasta pueden tener cierta base, ya que el castillo fue propiedad templaria. Hay registros históricos que  afirman que existe una cripta bajo la localidad, así como pasadizos que unían el castillo con la iglesia de  Saint Gervais et Saint Protais (parte de los cuales se han excavado, por cierto) y con la torre de la reina blanca de Neaufles-Saint-Martin. Incluso hay un texto en los Archivos Nacionales, datado en el siglo XVII, que describe en Gisors la llamada “capilla de Santa Catalina”, una cripta subterránea que hoy por hoy aún no ha sido descubierta (aunque la opinión general es que debe estar bajo la iglesia principal de la localidad) y que según dicho texto, que a su vez transcribe otros textos medievales, se parece mucho a la cripta que “imaginó” nuestro granjero tachado de delirante, quijotesco, quimérico y soñador...

sábado, 1 de julio de 2017

Hospital del Tórax (Terrassa, Barcelona)




A finales de la década de los 40 el Ministerio de Sanidad dictaminó construir en los alrededores de Barcelona un Hospital para tuberculosos y otros enfermos con problemas respiratorios, como fibrosis quística o cáncer de pulmón. No era capricho, pues el número de enfermos con afecciones respiratorias era preocupantemente alto en Cataluña, y el centro hacía mucha falta. Se decidió construir un edificio nuevo, moderno, ya habilitado para hospital, sin recurrir a la opción fácil de remodelar más mal que bien algún otro edificio (normalmente religioso, como un monasterio) que solía ser la solución más al uso. También se tuvo cuidado en la elección del lugar donde se construiría: una pineda a tres kilómetros de Terrasa, la población con menor índice de tuberculosis de toda Cataluña (bueno, y que el ayuntamiento del municipio regaló la finca de once hectáreas al Patronato Nacional Antituberculoso, por lo que por ahí se ahorraba dinero). El Hospital del Tórax de Terrasa se inauguró oficialmente el 8 de junio de 1952, con presencia del Generalisimo y rodaje para el NODO incluídos, que no todo tenían que ser inauguraciones de pantanos. Sobre el papel, perfecto el paraje y perfectas las nuevas instalaciones: Capacidad para 1.500 enfermos. Situado a 400 m. de altura, 300 días soleados al año, sin nieblas ni vientos del noroeste (gracias al macizo de Sant Llorenç), suelo seco y saneado rodeado de pinos, bien comunicado con Terrasa y, por ende, con Barcelona por una carretera más que razonable para la época.

Y sin embargo, veinte años después, en 1972, el cuento idílico de hadas se había convertido en un relato de terror. ¿Qué había sucedido?

Para empezar, el hospital ostentaba el macabro récord de índices de suicidio más altos que en ningún otro centro sanitario del país. Los pacientes, para evitar el contagio, permanecían totalmente aislados del mundo exterior (sólo podían comunicarse con sus familiares mediante unas cabinas telefónicas que no siempre funcionaban, pero que se tragaban las monedas más rápido que un hambriento se tragaría un bistec). Debido a lo apartado de las instalaciones se recibían pocas visitas de los familiares... eso, suponiendo que al enfermo se le autorizasen dichas visitas. Y hablamos de los enfermos catalanes. Debido a su tamaño, el hospital acogió enfermos de toda España, por lo que las visitas de familiares y amigos, para estos, eran algo impensable. Muchos pacientes terminaban entrando en una psicosis de depresión y abandono, en la que a la agonía de una enfermedad a menudo terminal se sumaban el desarraigo de los suyos y la soledad. Y por ello, muchos se quitaban la vida. El método favorito para hacerlo era arrojarse desde las ventanas de los pisos más altos al jardín interior. El personal asistencial, compuesto en su mayoría por monjas enfermeras de la orden carmelita, consideraba el suicidio como un pecado abominable y no realizo ninguna medida preventiva para evitarlo (como poner rejas en las ventanas o cerrar con llave los accesos al terrado, por ejemplo)

No sólo había tuberculosos en el centro: Familias con posibles (o contactos médicos) habían ido llevando allí a sus familiares de mayor edad y con un alto grado de deterioro, abandonándolos a su suerte con la excusa de que “estarían mejor atendidos en un hospital que en una residencia”. Muchos de estos pobres ancianos también terminaron engrosando las filas de los suicidas. Tampoco mejoraba el ambiente del hospital la costumbre de la guardia urbana y la policía de Barcelona de ingresar regularmente en el centro a indigentes o personas con problemas sociales, más o menos desequilibrados mentalmente, y por lo tanto difíciles de manejar.

En 1974 se quiso remediar esta situación profesionalizando el hospital: Se expulsó a las monjas y se contrató personal sanitario cualificado... al menos, en apariencia. En la práctica, pocas enfermeras ATS querían trabajar en el centro, que además de estar alejado de la ciudad ofrecía salarios más bajos que los del Hospital de Terrasa (de la Diputación) y la Mutua de accidentes de Terrasa. Las plazas acabaron siendo ocupadas por Auxiliares de Enfermería que realizaban funciones de enfermeras y celadores, con escasa o nula preparación médica y mucha menos vocación, que se dedicaban a trapichear con los enfermos: en el economato del hospital hubo un tiempo en el que se podía adquirir de todo por un precio, incluidos, evidentemente, licores y tabaco. En el recinto del hospital se mantenía una granja de unos sesenta cerdos, alimentados con las sobras de la comida de los enfermos, que sobre el papel ayudaban a inyectar beneficios en la maltrecha economía del hospital (aunque en la práctica el dinero generado se perdía en demasiados bolsillos). Tampoco ayudaba a este descontrol que el administrador del centro viviera en Alicante y sólo pasara por el centro dos días a la semana (eso, las semanas en las que se pasaba).

A trancas y barrancas el hospital convertido ya en hospital común, siguió funcionando hasta diciembre de 1986, en el que cerró como centro hospitalario. Siguió funcionando como centro de consultas externas del tórax diez años más, hasta 1997, en el que se trasladó a unos bajos de la Mutua General de Terrasa. En 1991 un ala del hospital fue habilitada como residencia y centro de día para personas discapacitadas. La Residencia “La Pineda”, con capacidad para 60 internos. Permaneció en activo hasta el año 2010, en el que fue trasladado al centro de la ciudad de Terrasa. El resto del edificio, simplemente quedó abandonado.

Con el abandono aumentó la leyenda negra. Aficionados a las ciencias ocultas se colaron en las instalaciones para hacer psicofonías, sesiones espiritistas... e incluso misas negras y rituales satánicos en la antigua capilla. En el año 2003 el hospital volvió a ser noticia, cuando los Mossos d Escuadra´, la policía autonómica catalana, detuvo a un grupo de menores que explorando los sótanos del hospital habría encontrado varios frascos de formol... ¡con fetos humanos dentro!

En el año 2004 la Generalidat de Cataluña y el Ayuntamiento de Terrasa acordaron transformar el recinto en el Parque Audiovisual de Cataluña. Una de sus alas fue adquirida por la empresa Filmax para rodar imteriores de ambiente hospitalario, muy a menudo de terror. Algunas de las películas que se han filmado allí son “Los sin nombre” (Jaume Balagueró, 1999); “Session 9” (Brad Anderson 2001); “Ouija” (Juan Pedro Ortega, 2003); “The Machinist” (Brad Anderson, 2004); “Frágiles” (Jaume Balagueró, 2005)

Si quieren jugar a hacer de cazafantasmas en el antiguo hospital, dicen que en las plantas 4, 5 y 9 pueden oírse voces y gritos en los pasillos y en algunas de las habitaciones. Por el jardín abandonado, donde tantos suicidas se estrellaron, dicen que a veces se ve el fantasma de un paciente, con mascarilla de oxígeno. En el recinto de la casa del palomar se han observado cambios bruscos de temperatura y en ocasiones se han descargado sin razón aparente las baterías de los aparatos electrónicos. Pero ¡tengan cuidado! Pues la leyenda más siniestra es la de una monja enfermera que convencida que era “la mano de Dios” suministraba una inyección mortal a los enfermos que consideraba ya agonizantes, para ahorrarles sufrimientos. Dicen que enloqueció. Dicen que nunca salió del hospital. Dicen... que aún está en él.

Claro que... La gente nunca se harta de decir cosas ¿no?